Si eres estudiante de español es posible que hayas escuchado la palabra “gerundio”. Es una palabra que me recuerda a “geranio”, pero son muy diferentes, la primera se refiere a un término gramatical y la segunda es una de mis flores favoritas.
Este post tiene muchos gerundios y podrás practicar sus usos aquí, además de enterarte cómo se vive en el Caribe de Costa Rica.

El Caribe es un jolgorio. La gente es alegre, fiestera, espontánea, ruidosa, relajada, bailadora, sensual, pícara, auténtica, acostumbrada a la humedad, al calor, a los carnavales, a los huracanes…abundan los mosquitos, la dulzura de frutas, la mezcla de razas, las pasiones desmedidas, los tiburones, las playas de arenas blancas o negras volcánicas.

En la provincia conocida como Limón, viven los ticos caribeños. Uno de sus pueblos más conocidos se llama Puerto Viejo y aquí se vive mucho en el presente: La gente por lo general vive de forma frugal, cada día se levantan, agarran su bicicleta destartalada, su moto, su carro no muy nuevo y se lanzan al afán de unas veinticuatro horas.

Unos cuantos kilómetros antes de entrar a Puerto Viejo comenzarás a ver pequeños poblados asentados justo frente a la playa; las casas son rústicas y están construidas sobre pilotes para protegerlas de las inundaciones del mar. Los pobladores- la mayoría pescadores- están vendiendo pescados frescos al borde de la carretera, los llevan colgados de unos ganchos de metal. Otros están vendiendo aceite de coco artesanal a un precio que oscila entre los 3,000 y 6,000 colones. En el lado de la playa hay muchas familias ticas celebrando el fin de semana: han llevado a la playa casi la mitad de toda su cocina y están divirtiéndose de lo lindo: algunos están asando carne en pinchos, otros están bebiendo cervezas frías. Unos están escuchando reguetón y otros rancheras mexicanas; los niños están corriendo, los perros están ladrando, hay mujeres mayores nadando en la orilla con casi todas sus ropas puestas mientras que las más jóvenes apenas llevan algo y están mostrando orgullosas sus tatuajes. ¡En Costa Rica hay mucho tatuaje!
Seguimos avanzando por la carretera número 36 y comenzamos a pasar por puentes de una sola vía, los ríos pasan por debajo arrastrando aguas turbias -si en los últimos días ha llovido fuerte- y también grandes troncos de arboles caídos que terminarán llegando al mar. A cada lado de la carretera veremos enormes sembrados de monocultivos: bananos y piña. En los campos de banano resaltan las bolsas de plástico azul cubriendo los mazos de esta fruta con una historia controversial en el país, pero ese será tema para otro post…
Junto a tu carro o autobús-depende de cómo llegues- verás caballos halando carretas llenas de frutas, motocicletas desafiando las leyes de velocidad, policías monitoreando el tráfico de drogas, perros valientes cruzando la calle, niños caminando a sus escuelas, nubes grises amenazando con una tormenta que quizás nunca llegue a manifestarse.
En ruta a Puerto Viejo el mar siempre está a tu izquierda: una franja azul que se enreda interminablemente con los restos de la jungla. De pronto, notarás que la arena que antes era blanca ahora se vuelve negra y brillante: Has llegado a Playa Negra, hija de volcán, tiempo, mezcla y misterio. Entre las olas hay gente surfeando. Muchos son jóvenes europeos empapados de crema solar que aún así están quemados por el sol. Parecen langostas rojas jugando a ser humanos.

Al pasar un puente de doble vía llegamos a Puerto Viejo y la escena se agita abruptamente: a la izquierda un carretero está descargando sus frutas, el polvo de la calle-volando por todas partes- se te mete en los ojos y se hace una pasta pegajosa con tu sudor; una señora mayor está pregonando sus panes de coco en la puerta del mercado mientras un perro está esperando pacientemente a su humano.

Un hombre está dentro de un van viejo, friendo falafels, hay muchas bicicletas y motos, tuk-tuks rojos llevando turistas y locales de un lado a otro, mujeres haciendo trencitas, un grupo de europeos están tomándole fotos a un perezoso que ha decidido bajar a orinar en pleno centro del pueblo.

En un restaurante alguien está ordenando un casado, otro un rondón, la mujer de al lado un ox tail y en la otra mesa un ceviche con leche de coco, los niños quieren pipas frías y la abuela una patti de plantintá.

Seguimos andando, dejamos atrás el polvo del pueblo y los árboles comienzan a hacerse más presentes, son altos, de hojas muy verdes. Escuchamos los aullidos de los monos que están cruzando de la playa hacia la base de la montaña,

las lapas atraviesan el cielo, volando y gritando mientras dejan caer restos de almendras que nos caen en la cabeza.

A estas alturas del camino decido descansar, me voy con mi bicicleta a la playa, le compro a un vendedor ambulante una pipa fría y me tiro en la arena bajo la sombra a dormir una siesta…

Cógelo suave, cada día trae su afán:)

Me ha encantado leerlo , he disfrutado como si estuviera allí , saboreando, oliendo, viendo, conociendo. Gracias !